MEMORIA DE FUTURO (VIII)

EL PRINCIPIO

Hoy es el día. El del final. O el del principio, según como quieran verlo. Esta noche echaré de menos el momento de ver cerrarse la puerta de la parroquia de San Lorenzo, con los amigos de siempre y en el mismo lugar. Atento al duelo de los saeteros de siempre. Recordando a todos los nazarenos que conozco (y aprecio muchísimo) de la Hermandad de la Soledad. Mirando, de reojo, a mi mujer que se entusiasma con la que va sola en el paso. Haciendo cábalas sobre la cantidad de sobres de la caridad que reposan a sus pies (¡que buen tramo ese de los sobres!). Y reflexionando sobre la Semana Santa vivida.

La Soledad de San Lorenzo, el broche de oro de la Semana Santa, es este año más que un broche que cierra: es un broche que abre. Hoy es el día de comenzar, por mucho que algunos guardéis túnicas y costales. Pero sí, hoy es el día de comenzar. De la cuenta atrás.

Permitidme que os cargue con una responsabilidad, nazarenos de manguitos negros de Sábado Santo. Ustedes (Fernando, Inma, Enrique, Stella, Albiac,  Antonio, Jesús, Ana, Álvaro, Roque, Pepe… y tantos otros más) tenéis la obligación de convencernos a todos que hoy vuestra Virgen de la Soledad no es el final, sino el más esperanzador principio. Que hoy comenzamos de nuevo… o mejor aún: que hoy no acabamos nada, sino que seguimos.

Esta noche, cuando la torre de San Lorenzo repique las doce campanadas, sabremos que entramos de lleno en el momento más importante de la vida cristiana; en el misterio más absoluto, la vida que vence a la muerte. No tenemos duda que una pesada piedra se va a mover de nuevo para que la Luz ilumine al mundo y somos conscientes que no le vamos a encontrar en ningún sepulcro, porque está vacío (¿os acordáis aquellos que habéis estado en Jerusalén? ¿A que no había nadie?).

Sois ustedes, nazarenos soleanos, los que nos tenéis que insuflar durante todo el año esta idea. Porque, a pesar de que lo sepamos, debéis contarnos día a día y hoy más que nunca que vuestra Señora (ojos caídos, ojeras de llanto y manos huérfanas) es el final para llegar al mejor comienzo de todo. Ese que hoy comienza. Porque ya es la víspera.

Esta noche, sin saetas en San Lorenzo y sin flores del gladiolo en los fanales; sin escapularios ni manguitos; sin Spínola ni Bueno Monreal; sin Roca Amador; sin tramo de niños ni guion de la vida; sin inscripción latina en ningún respiradero; sin cruz vacía ni sudario al viento; en la orfandad más absoluta de Juan de Mesa; esta noche, insisto, desde el corazón de esa plaza donde también vive El que vive, comienza todo de nuevo.

Cristo no ha muerto. Cristo vive.

Y nos ama.

MEMORIA DE FUTURO (VII)

LAS MANOS

¿Se han fijado alguna vez en las manos de nuestros cristos? No me refiero a que las hayan visto, sino si se han fijado bien. Al igual que el Martes Santo se dejaban caer por aquí muchas lágrimas, hoy aparecen las manos. Las manos de los cristos del Viernes Santo. Fundamentalmente porque yo tengo una especial admiración por unas manos de hoy. Unas manos que se apoyan en una peña para levantarse. Y este año, más que nunca, creo que esas manos lo que hacen es sostener al mundo de la pandemia que lo está azotando.

Son las manos de mi Cristo de las Tres Caídas, el que en la tarde noche del Viernes Santo acompañé durante muchos años.

Las manos de Jesús son las manos de un carpintero, pero serán Pan y Sangre de vida para siempre. Las manos de Jesús que vemos en nuestras imágenes de hoy son las mismas que, respetuosas, extendieron los rollos de las Escrituras en la Sinagoga, cuando Él estaba en las cosas de Su Padre. Las mismas manos que no dejaron a los novios de Caná sin vino, que multiplicaron panes y peces, que acariciaron a niños y leprosos, que curaron a ciegos y paralíticos, que resucitaron a Lázaro. Las manos de Dios, que expulsaron a los mercaderes del templo porque era un lugar sagrado y no una cueva de ladrones. ¡Ay…!

Las manos de Jesús, de nuestro Jesús de hoy y de siempre, son las mismas que levantaron del suelo a la mujer pecadora para perdonarle toda su vida de desenfreno y lujuria, admitiéndole su perfume. Las manos que, para evitar orgullos, lavaron los pies de sus discípulos la misma noche en la que ya estaba más que consumada Su muerte. Esas manos que sudaron sangre en el huerto de Getsemaní y que envainaron la espada de Pedro.

Manos atadas como las de un reo. Que sostuvieron una simple caña como un cetro. Que cargaron con la cruz y tres veces cayeron al suelo. Que tuvieron fuerzas para consolar a las mujeres. Manos que fueron traspasadas por los clavos. Manos inertes cubiertas de sangre y bañadas con los besos y lágrimas de su Madre, abrazándolo muerto. Manos, cruzadas en el pecho, muertas, envueltas por un sudario en la tumba apagada y fría de José de Arimatea.

Las manos de nuestros cristos de hoy, Viernes Santo, son las del Cachorro forzando su cuerpo para exhalar el último aliento de vida. Las ya inertes del Señor de la Salud en el Real de la Carretería; las del Señor de la Salvación en San Buenaventura, que no conocen la luz del sol; las de la Conversión que prometen el reino al buen ladrón en la Magdalena; las del Nazareno, manos que abrazan la cruz de carey en Triana mientras su espalda se vence por el peso; las que caen desde la sábana -muerto ya- al regazo de la Piedad en el compás más hermoso de Sevilla.

La mano del Señor de las Tres Caídas, apoyada en la piedra, es el sustento del mundo. La mano que evita que el Señor de San Isidoro caiga al suelo con todo su cuerpo. La mano que es el punto de inflexión por la que la humanidad va a volverse a poner en pie. Es la mano del esfuerzo, de la superación, de la valentía, del amor al hombre sin ninguna condición que lo diferencie. La mano de la solidaridad a toda costa por el ser humano, la mano que vence el pecado, la mano del triunfo de la vida sobre la muerte.

Y también las manos de nuestros cristos, de mi Cristo de las Tres Caídas, serán las que salgan, en solo unos días, de la tumba, extendidas al cielo, anunciando “Yo soy la Resurrección y la Vida” y diciéndole a las mujeres que por qué le buscan entre los muertos. Las manos que partirán el pan en Emaús para que lo reconozcan los ciegos del corazón. Las manos que serán mostradas a Tomás para que crea y meta su dedo en la llaga que dejó el clavo.

Esas son las manos de nuestros cristos de Viernes Santo, a las que debemos asir hoy nuestra fe. A la que yo me agarro cuando le veo venir por la Costanilla.

Y después de esto ¿alguien cree que no podrán vencer a una pandemia?

MEMORIA DE FUTURO (VI)


PARALELISMOS

Tenemos mucho tiempo libre, por más que lo tengamos ocupado en asuntos nuevos o para los cuales antes nos faltaban minutos. Incluso los que hacemos teletrabajo hemos visto reducida nuestra jornada (y algunos nuestra facturación, aunque esto es otra cosa) y notamos como nos sobran minutos del día. Me atrevería a decir que estamos más descansados y a veces, incluso, aburridos.

Creo que por ese aburrimiento que algunos tenemos a ratos en el día, alguien ha venido a soltarme una afirmación, tan cierta como rotunda. No ha sido otro que uno de mis sobrinos, que me espetó hace dos días esta tajante frase: “¿No crees que con esto que estamos pasando se hacen más reales las advocaciones de nuestras imágenes?”. Y ahí lo dejó, para que a mí me salieran hoy estas líneas. Pero, además, me pregunto: ¿estamos valorando en este año sin cofradías la fuerza de las advocaciones? ¿Estamos exprimiéndoles otro significado?

Cristo y María son tan cotidianos para nosotros que a veces no reparamos en algo tan sencillo (y a la vez tan profundo y tan cargado de significado) como es la advocación. Les tuteamos al orar, les miramos como a alguien más de los nuestros, les hablamos en la confidencia que sólo se le regala a los amigos… La cercanía a nuestros titulares es tan enorme que a veces, incluso, nos enfadamos con ellos. Sus ojos nos miran como si sólo nos miraran a nosotros; su boca se entreabre para enviarnos el mensaje que queremos escuchar; sus manos se abalanzan como si quisieran cogernos… Y a aquellos que ya han pasado por el trance de la muerte, sólo los vemos dulcemente dormidos.

Pensemos en las advocaciones de nuestras devociones y aferrémonos a ellas en estos días, porque encontraremos aquello que nos falta. Y seguro que descubrimos un nuevo sentido.

Y en esta jornada tan larga de hoy -jueves y madrugada- y que se nos va a hacer interminable, asocien las advocaciones con la situación que vivimos. Seguro que descubren algo nuevo.

Porque son, en un día como hoy, Ángeles, los que nos custodian en los hospitales y Lágrimas las que están corriendo por las mejillas de muchos. Es Victoria la que conseguiremos con la ayuda de Dios. mientras que el Rosario, arma del cristiano, se eleve como la mejor plegaria. Es la Quinta Angustia el péndulo de la fe que no se para nunca. Será el Valle de dolor el camino que estamos recorriendo, esperando recibir la Merced a tantas plegarias como elevamos.

Y en el Silencio en el que está sumida la ciudad, el Mayor Dolor y Traspaso será el de los que han perdido a los más cercanos, por la injusta Sentencia a la que nos ha sometiendo esta pandemia. Creeremos estar en un Calvario, después de haber sufrido más de Tres Caídas y anhelaremos la Salud que tanto necesitamos.

Agarrémonos con fuerza a nuestra fe, a nuestra fe de siglos, y al diálogo íntimo con nuestras imágenes -estemos donde estemos- porque son el auténtico reflejo que tenemos de Dios y de Su Madre. No temamos nada, que Él nunca nos pondrá donde no alcance la mano de su GRAN PODER.

Y no lo olvidéis nunca que detrás de la Sentencia viene siempre la ESPERANZA.

 

Foto: Gentileza de Antonio Sánchez Carrasco

MEMORIA DE FUTURO (V)

RECUERDOS

En estos días me he acordado que mi abuela, siendo yo niño, me contó que ella y el abuelo fueron testigos de aquella salida de la Virgen de la Estrella y del disparo en la puerta de la Catedral. Cuando le pregunté que por qué no habían salido las cofradías, ella me respondió lacónicamente que “aquel año en España había carreras por la calle”, que era su forma, muy comedida, de definir los disturbios.

Ahora me pregunto si algún día, dentro de al menos veinte o treinta años, le tendré que explicar a alguien qué pasó en el año 2020 en Sevilla durante la Semana Santa.

Complicado. Sí, complicado. Tendría que contar que las hermandades, en esta ocasión, no han tenido nada que ver en esto. Que no se trata de un asunto ideológico ni nada por el estilo. Que en pleno siglo XXI, en la era de la investigación y las nuevas tecnologías, un simple virus atacó con tanta fuerza a todo el mundo que nos prohibieron hasta salir a la calle para ir a trabajar, cuanto más sacar nuestros pasos. Los que son hoy niños con escaso conocimiento de las cosas o incluso los que aún no han nacido imagino que se asombrarán de esto.

Y digo que será complicado explicarles que fuimos obedientes. Que a pesar de que muchos nos tildan a todos los cofrades -sin distinción- como “frikis” de las procesiones, fuimos capaces que aguantar esta larga chicotá de siete días. Y no sólo eso, sino que las bolsas de caridad de las hermandades (así espero que sea) se volcaron con los que más lo necesitaron.

¿Cómo contaremos, cuando pasen muchos años, esta situación? Me imagino que como a cada cual le haya venido. Habrá quienes cuenten que perdieron su trabajo; otros que perdieron o sufrieron un importante revés en sus negocios; otros que perdieron a familiares muy cercanos sin posibilidad de despedirse; otros que perdieron la paciencia entre las paredes de su casa… A saber. Lo cierto es que tenemos que tener, en estos días, la memoria limpia, para recordar lo que nos está pasando. Las generaciones venideras nos pedirán explicaciones… “¿Y no salieron las cofradías?” Y habrá que contestarles que no. Que a pesar de todos aquellos detractores que tenemos hoy día -no sólo de las cofradías, sino de la Iglesia en general- dimos el mejor testimonio que pudiéramos dar: ser solidarios con los demás y obedecer a nuestros dirigentes políticos. Y por supuesto, apoyar las decisiones que, en el ámbito cofrade, se tomaron, con mayor o menor agrado, pero aceptándolas sin rechistar.

Los cofrades hemos estado a la altura que se nos demandaba. Hemos sido parte del músculo social, aportando además a nuestros hermanos toda la información que debían tener. Hemos articulado, en modo cofrade, lo que la tecnología nos ha permitido, como el mejor medio de comunicación con los nuestros. Hemos sido ciudadanos responsables y comprometidos. Porque, ¿alguno de ustedes no ha pensado en que algún insensato se iba a escapar a su hermandad el día de la salida? Porque a mí se me han venido varios a la cabeza… Como esos que se han dedicado a pasear al perro con la túnica de nazareno… Payasos, sin más. E irrespetuosos con lo que es un hábito nazareno.

Aunque es cierto que, en ocasiones, provocamos en la ciudad demasiados cortes de tráfico por las procesiones; demasiado ruido con los ensayos de las bandas; demasiados atascos por los ensayos de costaleros, ahora, en el momento de la verdad, aquí no sólo nadie ha levantado la voz, sino que las hermandades han sido un nexo para muchos que están pasando esta cuarentena en soledad. Y serán, en un futuro muy próximo, la puerta que tocarán muchos necesitados, puertas que saben que están siempre abiertas.

Guarden en su memoria todo esto, por si algún día tienen que explicarlo. Y guarden también otros asuntos que estamos viviendo en estos días, para que las generaciones venideras no caigan en los mismos errores en los que han caído, en esta ocasión, los responsables de que estemos confinados en casa.

Y díganles que fuimos, a modo de resumen, “buenos y obedientes” que en este caso se asemeja mucho a ser buen cristiano.

MEMORIA DE FUTURO (IV)

AUTENTICIDAD

Los medios de comunicación de Sevilla están demostrando tesón y profesionalidad en esta Semana Santa atípica y sin casi nada que contar en la calle. Se han convertido en un servicio público, aunque nunca dejan de serlo, pero con más justificación a su trabajo que en otros años.

Imagino que fácil no ha tenido que ser remover los planes -casi similares de un año para otro- en los medios escritos, para llenar una serie de páginas con lo poco que tienen. Porque, además, añadan a esto la escasísima actividad que han desarrollado las hermandades y cofradías desde al menos diez días antes de que comenzara la Semana Santa. Junto a esto, toda la información que las mismas han generado ha pivotado alrededor de idénticos asuntos. Por eso, por llenar las páginas de los periódicos cada día, que menos que el reconocimiento de aquellos que somos usuarios del on line pero que también nos sigue gustando el papel.

Cabe destacar también el esfuerzo de @elllamadorcsr de Canal Sur Radio y el equipo que comanda @FranLopezdePaz. Permítanme que apunte que sus últimos programas rezumaban tristeza, algo completamente lógico y plausible: eso se llama empatizar con el oyente. Y colosal (a la vez que triste, muy triste) el especial del Domingo de Pasión.

A @7TVSevilla, con @GRayoVictor @manuelesma @jmpesu y @AnaEnterria entre otros, he de confesar que los sigo, a pesar de que yo mismo dijera hace un par de días en esta bitácora que lo enlatado no me sirve. Pero sí es cierto que al menos consuela. Todo esto me hace más llevadera esta atípica (y malaje) Semana Santa.

En esa Semana Santa puñeteramente rara, los tiempos se hacen más largos de lo normal. Lo noto al contemplar las imágenes que me trae 7TV. Todo pasa a velocidad de óleo, mientras que en la calle todo va más deprisa de lo que nos gustaría. La fugacidad de un pasopalio es eso, fugacidad. En la pantalla del dispositivo todo es más lento, da tiempo a saborearlo con más paladar, si me permiten el símil gastronómico.

Pues eso es lo que quiero proponerme -y proponerles- hoy aquí: que recordemos esta Semana Santa de la tele para poder valorar lo que tenemos en la calle. Y con el firme propósito de que, llegado el año que viene, sepamos elegir con más tino aquello que de verdad queremos saborear. No salgamos a ver cofradías cuantas más mejor y cuantas más veces mejor. No por ello seremos mejores cofrades. Busquemos, más que a las propias hermandades en la calle, la autenticidad de la Semana Santa, como vehículo de evangelización. Busquemos la sensibilidad, la belleza, la armonía… Y sintámonos satisfechos de haber guardado algo bello en nuestra memoria.

Tenemos que saborear y deleitar lo que, en otras ocasiones, nos hemos tragamos de un solo bocado. No nos empachemos de cofradías. Ni de hermandades. Ni de pasos ni de nazarenos. Vayamos a lo auténtico, atendiendo sólo a nuestros gustos que, como lo colores, cada uno tiene los suyos. Porque a la autenticidad de cada uno merece la pena que se le dedique una buena digestión; que se le dedique un tiempo que no sea fugaz, sino lo que nos muestra la televisión. Un tiempo que quede grabado, en nuestro caso, a fuego en la memoria. Por si acaso (Dios no lo quiera) llega el día que cualquier circunstancia nos haga repetir esta triste historia del 2020.

MEMORIA DE FUTURO (III)

90 GRADOS

Lo han girado 90 grados, un ángulo recto, para que viera lo que estaba pasando, a pesar de que Él lo sabe de sobra. Y para que aquellos que, por obligación, pasen por delante pudieran ver más de cerca Sus lágrimas. Más de cerca y más de frente. Las lágrimas que limpian toda la mugre del mundo.

En Sus lágrimas están hoy más que nunca los que padecen el dolor de la enfermedad en los hospitales. Los que mueren solos porque así han venido las circunstancias. Las familias que tendrán que esperar para una misa de réquiem. Los desahuciados de su propia dignidad. Los niños que se han quedado sin estrenar un canastito de caramelos. Los que han perdido su trabajo o saben que definitivamente lo van a perder. Aquellos a los que les ha tocado la papeleta (sí, ellos también están ahí) de tener que dejar sin trabajo a muchos padres de familia. Los que han guardado el costal en el cajón o han dejado la túnica dentro del plástico de la tintorería.

Sí, toda esa amalgama de circunstancias, incomparables entre ellas por el estado de la gravedad de cada una. Que uno lleve la cruz que le ha tocado llevar. es lo que hay.

Este Dios, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, llora como los valientes tras una ventana no sólo ahora, sino todos los días del año. “Las lágrimas son la sangre del alma”, dijo San Agustín. El Dios de esa ventana, mi Dios, muestra sus lágrimas siempre a nuestro conocimiento y en su inmutable serenidad, parece que no nos tiene en cuenta. Pero ha puesto, Él mismo en nosotros, la facultad de sufrir para enseñarnos a no querer hacer sufrir a los demás. Las lágrimas, Sus lágrimas, no son un símbolo de debilidad sino de fuerza; son el símbolo de un amor que no se puede expresar con palabras. Hay que tenerlo muy presente en estos días que pasamos lo que pasamos.

Porque nadie mejor que Tú, Señor, sabe cada día del año -sin necesidad de una pandemia- de penas, de soledades, de ataduras, de espinas que sin corona se tatúan en muchas frentes manchadas con un dolor sin estigmas. Que al abrigo suave de la reja de Tu ventana a veces no quedan barrotes a los que agarrarse, para aquellos que las noches son cuevas de desvelos por donde se han perdido las últimas ilusiones de la vida. Una vida que se ha ido desangrando, como los moratones de tus rodillas, como las heridas de tus manos atadas. Una vida que se ha burlado de ellos, como esta pandemia de todos nosotros, con el izquierdo por delante; que hace escarnio de todo lo que cotidianamente tenemos a nuestro lado: el trabajo, la familia, los amigos. Una vida que se ha alejado tanto de lo que soñábamos que ahora se ha convertido en una casi muerte que late, a golpe de tambor, en el pecho.

Fijaos cuando todo esto pase: en Él, cada día, está el desamparo de aquellos que ven como los atrapa la penumbra de la incertidumbre, en el infierno que están viviendo, porque no dejan de caer los kilos. Por eso miramos a esa ventana donde se igualan, como en una trabajadera, las plegarias de los que buscan en Su dolor el propio. Ventana donde tantas veces le han pedido que añadiera, al peso de la Cruz que le espera, el de la cruz que ellos soportan, que no tienen ya fuerzas para llevarla.

Por eso, para Él, esta pandemia es sólo algo pasajero. Porque la vive, tras el cristal de su ventana, cada uno de los días del año.

Que no se ha descubierto aún la medicina que le cure. Ni inventado el pañuelo que le seque, para siempre, las lágrimas de Sus ojos.

MEMORIA DE FUTURO (II)

LO ENLATADO

Durante estos días he recibido muchas solicitudes de amigos para suscribirme al YouTube de su hermandad. Todas las he atendido. El motivo no era otro que lograr los 1.000 suscriptores, requisito indispensable del canal para poder hacer directos. Un importante número de hermandades van a sustituir su Estación de Penitencia, y han sustituido sus cultos de regla, por la transmisión de los mismos. Una acertada idea, porque con esta transmisión se cubre, de alguna forma, el carácter evangelizador de nuestras corporaciones, pero…

Díganme que soy un bicho raro. Están en su derecho y lo más probable es que sea cierto. Hasta el momento, con un Domingo de Ramos que ya acaba, no me he conectado a ninguno de estos canales. Como tampoco he atendido a las recomendaciones de seguir las procesiones del año pasado, a través de la mucha oferta que tenemos en internet.

Verán ustedes. Es igual pero no es lo mismo. Como diría un amigo mío, sabio en muchas cosas: “No es lo mismo el pez que el pescao”. Yo soy más consumista de lo real, de lo que de verdad está pasando. Será por eso que los informativos son los programas que más me gustan.

A mí un vídeo o una foto del año pasado (o de cualquier otro año) no me va a quitar lo que tengo encima, que es muy parecido a lo que tienen ustedes. Yo necesito, para el Lunes Santo, andarme la avenida Felipe II junto al Cautivo de Santa Genoveva por si Manolo Vicente o Javi Bonilla quieren algo (pregunta: ¿por qué me quieren tanto a mí allí?); yo necesito ir a buscar a Manolo del Cuvillo y a José Antonio Moncayo a la calle Francos para rezar juntos un padrenuestro al de las manos abiertas; yo quiero cruzar mi mirada cómplice con Nono Távora en la presidencia de Santa Marta, y con Carmen Prieto, y con Carnerero; y con José Antonio Valderrama en la Cruz de Guía de Las Penas; yo quiero buscar a Antonio Arrondo en el último tramo de su Cristo de las Aguas y a Berta con los niños; yo quiero imaginar en qué tramo de la Vera-Cruz viene el bueno de Pepe Cristóbal; yo quiero acordarme de Juan Antonio Delgado cuando vea a la del Museo; yo quiero…

…y así es todo lo que quiero. Y como no lo tengo, pues me aguanto. Más mal que bien, pero me aguanto.

Para mí estas cosas son como el café: me gusta negro, cargado y en vaso pequeño. El descafeinado estará bueno, no lo niego, pero no me gusta. Y si no me gusta no lo tomo.

Por eso, lo del año pasado no me sirve, ni tan siquiera para quitarme la pena. Porque eso es pasado y yo lo que busco es presente. El presente que no tengo ni tenemos, ni yo ni ustedes.

Y el futuro no me preocupa, porque lo escribe (desde una Ventana) quien lo escribe. Y lo que venga, bueno será.

Sin duda.

MEMORIA DE FUTURO (I)

TERAPIA SIN POSTUREO

La Puerta Dorada de la muralla vieja de Jerusalén es por la que Jesús entró el Domingo de Ramos desde el este (Marcos, 11) y donde Pedro posteriormente sanó a un mendigo (Hechos, 3). Está cerrada por orden de Solimán el Magnífico, ya que existe una creencia musulmana de que el Mesías, es decir el Rey de los Judíos, ingresará a Jerusalén a través esta puerta. Para evitar su llegada, los musulmanes establecieron en 1531 un cementerio, para cerrarle el camino a la puerta, y la sellaron para asegurarse.

Todo esto a ustedes les puede sonar raro en un día como hoy, en el que muchos estaréis pensando que la puerta que ustedes quieren ver abierta, en sólo unas horas, es la de la Colegial del Salvador, para que su rampla se inunde de niños vestidos de blanco. Yo también.

Por eso he querido comenzar con esta reflexión, la de una puerta cerrada. Una puerta cerrada en Jerusalén, la Ciudad Santa, y otra en Sevilla, la Jerusalén de Occidente. Un paralelismo que tristemente nos sucede este año, con la esperanza de que sea el primero y el último que conozcamos. Pero a diferencia de la Puerta Dorada que está clausurada (vean la foto que ilustra este texto), las puertas de nuestras iglesias y templos están cerradas -esperemos- sólo por este año. Y además, hay Semana Santa.

¿Hay Semana Santa? Sí, claro que la hay. Estamos cansados de repetirlo y de que nos lo repitan. Pero no me negarán que a nosotros nos gusta otra celebración de la Semana Santa.

Hoy dejo que mis dedos se explayen, después de esta introducción de las puertas, y suelten lo que llevo dentro, a fuerza de que quizás alguna de las opiniones o reflexiones que dejé por aquí durante estos días no sean del todo compartidas. Están en su derecho. Voy a procurar no caer en nada que cree polémica, porque con el estado anímico que tenemos no se trata de pinchar a nadie. Nervios a flor de piel, que dicen que se llama.

Por supuesto que sí, que hay Semana Santa. Con esta frase hemos podido resistir en estos días, agarrados a la fe y a la más honda creencia que tenemos. Sí, hay Semana Santa. Y tenemos que celebrarla íntima e interiormente, con una única mira puesta en lo importante, que no es otra cosa que Cristo, dentro de unos días, va a volver a la vida: el hecho más importante para cualquier cristiano que sepa un  poco de esto.

Pero esto ha servido para estos días. Ya creo que no. Y vuelvo a lo mismo: en el lenguaje cotidiano nos permitimos decir que “no hay Semana Santa”. Y tenemos derecho a decirlo. Si basáramos sólo y exclusivamente nuestra fe en el izquierdo por delante es que seríamos unos insensatos y no sabríamos nada de esto. Pero como nuestra fe está basada en esta enorme realidad (Cristo muere y resucita por nosotros), me creo en el derecho a cometer ese pecadillo lingüístico: para mí, este año, no hay Semana Santa. No quiero volver en estos días a pararme y pensar en el “qué dirán”, por no rectificar a tiempo mi lenguaje y decir, con más propiedad, que este año lo que no hay son cofradías. Cierto, es así. Permítanme esta licencia y que lo diga una y mil veces: este año no hay Semana Santa.

Ustedes me entienden, como yo les entiendo a ustedes. Porque la Semana Santa (no sé en Cuenca o Valladolid) en Sevilla son las procesiones. Y las procesiones son la convivencia con los amigos. Y la convivencia con los amigos es enterarte de lo bueno y de lo malo. Y lo malo te lleva preocuparte y echar una mano; y lo bueno te lleva a alegrarte. Y todo esto te lleva a ser mejor persona, y de camino pensar en que las procesiones de nuestra Semana Santa son obra de Dios. Si Él nos puso en ellas y a ellas en nosotros para expandir nuestra fe, es que esto de las procesiones no puede ser malo. Y no entro en la labor de todo un año de las Hermandades porque esto se haría muy largo. Además, ustedes lo saben al menos tan bien como yo.

Por tanto, para los días difíciles que nos quedan (porque nos quedan), hagan esta terapia. Díganlo, sin tapujos, que seguro que se van a sentir mejor. Díganlo, sin miedo a ser juzgados, que El que manda de verdad nos entiende. Díganlo, porque le estamos dando la espalda a la realidad. Y digan que mañana, cuando el día se nos venga encima a esa hora mala de los recuerdos, ustedes lo que querrían es ir al parque a ver la Paz; al llanto de la Amargura; al izquierdo del Zapatero de Triana; y yo, a mi túnica negra en el cuerpo de mi ahijado Ignacio, en el Amor… Que sí, que todo lo auténtico y esa Semana Santa íntima e interior está muy bien, pero ustedes y yo lo que queremos también es esto. Lo que no vamos a tener.

Vamos a dejarnos de remilgos y de postureos, que todos sabemos lo que estamos pasando. Y ¡ay de aquellos! los más puros del lugar que quieran corregirnos: no se dejen y díganselo a la cara. Que este año, en Sevilla, no hay Semana Santa.

#Yomequedoencasa