Quisiera recomendarles la lectura de la reflexión de Ignacio Díaz en su blog SVQ y que bajo el título “La realidad y el deseo” se acerca mucho a lo que pienso de todo esto.
La s
angre se me espesa y los dedos se me vuelven de plomo. El corazón se me atormenta y la lógica se me pierde por sabe Dios qué lugares del alma. Es cierto que la tristeza por una familia que no ha podido ni tan siquiera enterrar a su hija continua siendo una moneda que comparto, así como el desconcierto por no saber si, de verdad, es esto lo que tenía que pasar.
Pero lo que mantengo por un momento es la razón, esa la que intento que la ira no me nuble nunca.
La sentencia del caso Marta del Castillo no ha dejado indiferente a nadie. He leído casi de todo en los periódicos y en las redes sociales -llenas en ocasiones de sinsentidos- y no puedo por menos que sacar un par de conclusiones, muy a mi pesar porque son poco populares: que la sentencia ha sido valiente y que sin pruebas concluyentes, en el marco de un estado de derecho, no se puede condenar a nadie.
Con la presión social existente, la sentencia no puedo calificarla de otra forma que no sea de valiente. Lo cierto es que un jurado popular hubiera mandado por muchos años a la cárcel a aquellos que han logrado (con buenas o malas artes) escurrir el peso de la Ley. O que bien y en realidad no tuvieron nada que ver con lo pasado en la calle León XIII en la fatídica noche de un 24 de enero. El juez del caso, al no condenar a aquellos que han recibido gritos a las puertas de la Audiencia, rompe una lanza a favor de la presunción de inocencia. Nadie debe ni puede ser condenado en este país tan solo por su aspecto.
Sin pruebas no hay delito. Y sin delito no hay condena. Solo aquellos que han tenido acceso a toda la instrucción (en la que también habría mucha tela que cortar) pueden conocer si lo expuesto se sostiene bajo los más elementales principios legales. Yo tampoco quisiera verme en la situación que Ignacio Díaz plantea: ser condenado por nada, o solo por la cercanía a algún delito, llámese familiar, llámese amistad.
Sólo queda la prudencia. No es momento de revanchismo ni de iras desmedidas. La solución pasa no solo porque el cadáver de Marta aparezca, para que los frontelas de turno lo hagan hablar y que su familia le brinde el final de este duelo que parece no acabar, sino también por algunas medidas que cada vez son más necesarias en este país. Desde una revisión de la Ley del Menor a una adecuación de las políticas penitenciarias, pasando por una importante reforma del Código Penal.
Y por supuesto, para que los jóvenes no aprendan de esto que matar puede, con un poco de suerte, ser gratuito. Eso se ha de enseñar en las casas. Aun no se ha inventado, con la falta que nos hace, la universidad del respeto y la educación.
Que un coscorrón a tiempo a nadie nos hizo daño.




Bien dicho Miguel.
de acuerdo
Y la reflexión a los padres de qué importante es saber con quién andan nuestros hijos, que llegar a casa a las diez tampoco es garantia de nada
Llevo unos días observando la generalizada indignación que existe sobre la sentencia, pero mi observación, por deformación profesional, tiendo a hacerla desde un punto de vista jurídico y no desde mi posición de padre con hijas en edad similar. He estado tentado de escribir algo al respecto en Facebook, pero me ha faltado la valentía que has tenido tú para escribir lo que en resumidas cuentas pensamos más de uno. Felicidades Miguel. Y todo mi apoyo a la familia de Marta en su lucha por encontrar y hacer justicia a su hija.
(Sevilla es un pañuelo y muchas veces mi madre me ha contado cómo era de linda Marta, de quien fue profesora en preescolar)