N. del A.: Antes de leer esta entrada, recomiendo que se lea la primera parte, publicada el Domingo de Pentecostés del pasado año. Puede acceder a ella pinchando en este ENLACE. Es posible que, sin esa lectura previa, no se entienda el contenido de este post.
El termómetro de mi fe rociera sigue marcando bajas temperaturas. He descubierto, en cambio, en este año que ha pasado, que mi vida a pesar de esto, anda rodeada de símbolos que recuerdan Pentecostés: en mi casa, en mi hermandad de siempre, en mi “yo” más familiar… Símbolos que no hay que rebuscarlos ni que tampoco envían mensajes subliminales; símbolos que señalan la dirección de las Marismas. A las claras.
Y además de estos símbolos que rodean mi vida, también hay personas, que lógicamente son más importantes. Durante estos días previos a esta gran fiesta del Espíritu he observado a muchos de ellos en Facebook, con el mismo nerviosismo que yo tengo en las vísperas del Martes más grande del año. Y les he leído ilusión. Una foto con una cuenta atrás y una frase: “Suenan cohetes que anuncian que la recta final ha llegado. Faltan 15 días”. La autora no podía llamarse de otra manera: Rocío. Ingenio cargado de hondura: “Túnicas guardadas y adelante los volantes”; o estrofas de Los Romeros de la Puebla: “Un camino de esperanza, brazadas de romero”. Todo esto es el tremendo triunfo (o la Bárbara Victoria) de la fe rociera.
Pero vamos a lo que vamos. Si han seguido el consejo de releer la primera entrega, verán que comencé hablando del salón de una casa en la que hay una foto. Quiero seguir hablando de esa casa y contarles la primera vez que la pisé.
Fui a aquella casa por primera vez por el nacimiento de una niña. Me llevaron, con más de compromiso que de otra cosa. Reparé en esa foto -de la que hablaba en el post de hace un año- y en otros detalles más: “Esta gente son rocieros. Acabáramos…”. Qué lejos estaba de la realidad de hoy. A aquella recién nacida solo la vi de lejos, entre otras cosas porque no me unía nada a ella ni a sus padres, tan solo la cortesía del momento. Era la primogénita de un matrimonio a los que no conocía ni falta que me hacía. Insisto que había oído hablar de ellos, pero como si oyera llover. Bastaba para ese momento, por tanto, una dosis de buena educación y seguir unas reglas sociales bien sencillas de cumplir: ser cortés, amable y correcto. La palabra precisa en el momento exacto, eso que tan bien me sale a mí. Y poco más. Pero el destino depara siempre cosas inesperadas.
A la niña en cuestión, calladita pero muy observadora desde pequeña, mi mujer y yo la hemos visto crecer por las casualidades de ese destino. Ha cumplido primaveras a nuestro lado. No es una cursilada, es así, porque solo la vemos de Ramos a Resurrección y en pocas fechas más, contando entre ellas con la noche en la que la lluvia es de caramelo. Ergo, a poco que la perdemos de vista nos gana en altura. Y también en confianza. El roce, a pesar de escaso, nos ha llevado al cariño -correspondido por ella- y sin darnos cuenta ha pasado a formar parte de nuestro mundo. Incluso nos hemos atrevido a agarrarla del brazo este año y llevarla a ver la salida de unos nazarenos, con las claritas del día y la bendición de sus progenitores. La elección de la cofradía no ha sido quizás la mejor, pero al menos ella la ha visto con mi mujer y conmigo y con otros jartibles del asunto capillil -de los que ya hablé en su momento- por primera y por última vez: si el año que viene quiere repetir que la lleve su padre o su madre, esa que dice que esto no le cansa.
No quiero desviarme del tema ni que la risa cambie el rumbo de este post, que no es otro que algo tan serio como El Rocío. A esta niña (señorita, pero esto si que suena cursi) también la he visto progresar en el camino, aun sin yo haber ido nunca. Me lo han contado y de buena tinta. Y también me han contado que ha llegado el momento en el que se ha atrevido a asumir una responsabilidad oficial en su Hermandad, que precisamente no es pequeña. Parece que todo sale como debe salir, si alguna vez estuvo planeado que así saliera, cosa que dudo sinceramente. Aunque no planeado, sí creo que ha estado inducido. Lo que, por cierto, no tiene nada de malo y sí mucho de bueno.
Ahora que anda ya en estas lides y ante mi falta aún de niña a quien hablarle, me gustaría poderle dar miles de consejos, que de hermandades algo parece que sé. Pero no puedo, porque ¿qué le cuento del Rocío, del que no sé nada? ¿qué le cuento de lo que es una Hermandad, si para eso tiene a su padre que sabe tanto como yo? ¿qué le cuento de una Hermandad además rociera, si ni tan siquiera pertenezco a alguna? ¿qué le cuento de la fe, si la he escuchado cantar algo que decía “que con el pan y el vino / en nuestro camino / no falte la fe” (1)? ¿qué le cuento de entrega y de dar sin recibir, si ella no tiene ni la mayoría de edad y ya lo está dando?
Mejor que no le diga nada. No sea que estropee el invento.
Pero…. sí, hay algo.
Pero para decirte algo, María de la O, no me esperes en el Rocío, ni en la Raya. No me busques en Palacio ni en Torrequemada. No me adivines en el Quema ni en el puente del Ajolí. No mires a tu alrededor por si estoy en la calle Evangelista o en Santa Ana. Estate tranquila, que no tendrás que saludarme en la Aldea, ni en la Ermita. Ni tu manta junto al calor de una candela aliviará mi frío en una parada del camino, porque no estaré ahí. Ni te visitaré en tu casa del Rocío, porque seguro que algo hay que me impida ir. Y cuando tu Simpecado llegue a la presentación, mira al frente a la Virgen y disfruta de tus amigos y del momento, que no tendrás que estar pendiente de que yo me pierda o de que entienda aquello que decís: “… para decirte que te queremos, otra vez / para cantarte por sevillanas, otra vez / para llorar ante Tu mirada…” (2). No me busques en estos sitios, porque no me encontrarás.
Búscame mejor cuando la última saeta se enrede en el dintel de San Lorenzo; cuando se marche mi -nuestra- Semana Santa y celebremos con alegría la Resurrección. Cuando ya en tu casa se haya descolgado la última túnica, la que es mía, negra y de ruan; cuando la que te parió haya soltado su última lágrima de Cuaresma; cuando mi vestidor guarde en una bolsa “las cosas de Semana Santa”, en la espera apresurada de una nueva Gloria y el altar de insignias de nuestro -sí, nuestro- salón se quede huérfano de alfileres, imperdibles y medallas, huérfano de pasiónsegúnsevilla, pero ya germinado de matas de romero.
Entonces, sólo entonces, te contaré historias absurdas como la este año, que te harán reir. Y que por absurdas que son recordarás siempre, que es en el fondo lo que quiero (¿o queremos?) que pase.
¿No te estaré hablando también, a mi modo, del Rocío?
Porque ¿qué es el Rocío sino un lugar que ofrece una respuesta cristiana a los que lo viven como una experiencia religiosa? ¿qué es el Rocío sino el lugar donde se vencen las incomodidades con el diálogo del que tienes al lado, del que recibes y aprendes tanto? ¿qué es el Rocío sino el lugar donde de verdad el Espíritu se derrama sobre nosotros, porque de verdad se encuentra y de verdad se siente? ¿qué es el Rocío sino un lugar donde la Oración y la Eucaristía están permanentemente presentes? (3)
Y qué es el Rocío, sino una forma de evangelizar, porque los que experimentáis viviendo la Fiesta os tenéis que encargar de potenciar lo bueno no para justificar lo que hacéis, sino para darnos la oportunidad al resto de vivir lo mismo que ustedes. (4)
Búscame cuando se acabe la Semana Santa que pasamos juntos, que te hablaré de todo eso y de mucho más si tú quieres.
Que sí, que esto también es hablarte del Rocío.
Pero de mi Rocío, que es tan mío como tuyo, aunque en realidad no es ni tuyo ni mío, sino de aquellos que, en el tiempo, a ti y a mi nos lo van enseñando.
Próxima y última entrega: 12 de junio de 2011. Domingo de Pentecostés.
(1) Alés Obradors, Roberto. Ofertorio de la Misa para el Coro Infantil de la Hermandad del Rocío de Triana.
(2) Soto Alarcón, Jose Manuel. Canto de Entrada de la Misa del Coro de la Hermandad del Rocío de Triana.
(3) y (4) Reflexiones solicitadas por el autor a una rociera, con el fin de poder articular este post. La autora desea permanecer en el anonimato.
Etiquetas: blanca paloma, camino, hermandad, María de la O, Rocío, Triana








Hay una frase que espero entiendas: “la grandeza del Rocío es que cada uno lo vive a su manera”. Yo quisiera decirte muchas cosas, pero solo me sale Gracias¡¡ Ansío la 3ª parte.
Muy interesante, pero yo no he sido llamada por la marisma y no puedo hablar como quisiera.
De todas maneras, es muy bonito lo que cuentas.
El Rocío hay que vivirlo para sentirlo y el que lo vive como hay que hacerlo se queda atrapado para siempre.
Tu Rocío y el mío son diferentes e iguales a la par ¿sabes por qué? porque por encima de todo lo demás, mi Rocío es amistad y de eso sabemos un rato.