
La noche pintaba aguas. Brasero y pijama era lo que pedía la mejor de las veladas. La ciudad entraba en ese instante en el que se cierran las persianas de los comercios y los noctámbulos comienzan a tomar las calles, refujiando la humedad de sus paraguas en restaurantes y tapeos, al calor de una copa de Rioja o la efervescencia de una Cruzcampo bien fría. La lista de las tapas se desgrana, a esta hora, de pizarras de tiza (como en un colegio) o en la boca de los camareros, profesores del arte culinario de esta ciudad. El viernes comienza a agotar sus horas, que serán cada minuto (o cada segundo) más intensas que las de cualquier otro día. Y en este viernes de festividad de esperanza, quien escribe cambia el mando a distancia de la tele por un mando a distancia que le desplaza en el tiempo, como si de una obra cualquiera de Verne se tratara.
Cuando la aventura del taxi toca a su fin, con una supuesta meta en la calle Julio César, ya adivino desde la calle algún rostro conocido. Me da un vuelco algo dentro de mi. No puede ser verdad, pero es así. Y así va a ser. La puerta de “El niño de Pura” se me abre como un pasadizo en el tiempo y me abraza y traslada, por un instante, a patios y eucaliptos, aulas de ladrillo visto, canchas de deporte y una capilla donde di un importante paso en mi vida cristiana. Me lleva hasta un lugar ni lejos ni cerca, que hoy casi no conozco, más allá de donde aún se sigue acabando la ciudad y cerca de aquello que en un tiempo fue la primera pista de hielo (y única) que tuvo la urbe: Hielotron… ¿os acordáis?
Es Javier Arjona al primero al que le echo el brazo sobre los hombros. No hacen falta presentaciones. Me mira y se dibuja una sonrisa en su rostro… como me irá pasando con todos a los que saludo. ¿Hemos cambiado? Si es por Javi diré que no, porque al momento de estar allí ya suda de lo lindo. Pero esto no ha hecho más que empezar. Aún quedan muchos dentro. En el primero de los grupos Vicente García, al que vi por última vez el pasado Domingo de Ramos; Javier Caro, con una barba que es una envidia y Gonzalo Carrión, tocadete del ala porque viene de un almuerzo. ¡Pero que poco habéis cambiado! ¿Me veréis igual a mi?, pienso. No sé, supongo que sí porque no dudan de mi nombre. La alegría se instala en las paredes y en las mesas, en las sillas y en los cristales que dejan ver la lluvia de la noche.
No pretendo que existan agravios, pero el primero de los abrazos de la noche es a Manolo Chicharro. ¿Han pasado treinta años? Por ahí debe andar la cuenta. Y siguen desfilando “gente de la clase” con los que hago la misma cuenta: Pepe Harris (con “h”, así lo aprendí y así lo escribo); Emilio Fernández Toscano (sin acritud, querido, que lo de los pocos pelos es símbolo de sabiduría); o Emilio Drake, del que conozco la placa de su despacho; ya se por tanto donde enviaré fruta escarchada y fruta de Aragón cuando pise otra vez la ciudad de Zaragoza. Te lo prometo, Emilio. Palabra de Escolapio.
Dos niñas (sí, he dicho niñas) a las que no reconozco a primera vista, salen en mi primer deambular por la taberna: María José Cano y Ana Garrido. De una busco sus pecas, las que no encuentro y me tiene ella misma que dar una explicación más tarde: cosas de mujeres y maquillajes; de la otra esperaba su admisión como amigo en Facebook, la cual se ha producido hoy cuando esto escribo. Nunca es tarde. A lo lejos, aunque solo sean unos metros, Luismi me mira desde su altura. No me lo puedo creer. Segundo abrazo de la noche. Nada ha cambiado a este bribón. Sigue siendo ágil en el comentario y en las formas, al igual que hacía con el balón en los pies.
Aparecen Inma y Yolanda. Me dan una pegatina con mi nombre. Y a mi apellido le ponen la tilde, esa con la que casi nadie condecora a mi letra E. Besos, sonrisas sinceras y la pregunta de rigor, la que yo esperaba “¿y la chaqueta marrón?”. Otro día lo contaré, pero ha sido un disgusto. Rien igual que rien en mi memoria. Lo bueno, si es bueno de verdad, ni el tiempo puede cambiarlo. Así son sus sonrisas, no lo dudo. Más apretones de manos, a buena gente del “B” y del “C”, de los que me cuesta poner en pie sus nombres, pero no sus rostros. Recurro a las pegatinas. Pero nadie se despinta. Fueron niños cuando yo lo fui. Y eso es difícil de olvidar, tanto que el disco duro de la memoria no quiere borrarlo nunca: son archivos protegidos.
Avanzo hasta el final del bar. Juan Gálvez, muy culpable del éxito de la noche, rie para no variar. Carlos García Campuzano me saluda, quizás al que menos extrañe, porque es también al que más veo. Pero también me alegra y mucho, sabiendo que su firma está en un documento que desde China me traerá la felicidad que falta en mi vida. Fernando García Jiménez se me cruza. No sé cómo lo habrá hecho, pero es el mismo… ¿seguirá fumando tabaco mentolado? Y a Enrique Avilés se le dibuja una sonrisa cuando me ve, creo que igual a la mía. Al verle me traslado sin querer de Montequinto a Ponce de León, hasta el Colegio antiguo, aquel en el que empezamos juntos. ¡Coño, Enrique, esto no puede ser verdad!. Una de las guindas de la noche me la sirve Cándido Bolaños, cuando alude a mis canas como la herencia que me dejó mi madre. La recuerda. Recuerda a mi madre. Y me emociona el comentario. ¿Cómo puede pasar esto? ¿Es de verdad o de repente el despertador va a sonar diciéndome que todo ha sido un sueño? Lo de Cándido es de sobresaliente. No me extraña, viniendo de él. Prometo verle y comer juntos en Málaga, ciudad en la que vive. ¡Qué tipo tan especial y tan verdadero a la vez!
Hablamos entre nosotros de Miguel, lejos en su Galicia. Sé que leerá esto y por eso lo cuento. Todos, todos, nos acordamos de ti. Aquí lo tienes en un párrafo exclusivo. No te mereces menos. Me cuentan qué es de tu vida. Yo sólo pregunto “¿es feliz?” Y me contestan que sí. Nada más, por tanto, ha de preocuparme de quien siempre estuvo antes que yo en la lista de la clase.
Creo que Belén Cabello ha llorado, me lo cuenta su fondo de ojos. No es extraño, porque a mi me ha faltado sólo un pelo para hacerlo. Amigos comunes y trabajos similares. Belén y yo hablamos el mismo idioma. Por ella tampoco ha pasado el tiempo. Y un Pater de bata blanca recuerda mi apellido. Un rector de silla en la Campana cuando llega Semana Santa y al que cada año busco bajo mi antifaz. Él también sabe que el nazareno de San Esteban soy yo. De cofradías también hablo. Es con Manolo Parejo y Juan Hernández, colega este último de cargo, que se interesan por mi nueva responsabilidad. Les explico. Les cuento. Me escuchan. Por allí anda, en otro corrillo, Rafa Agrela.
Fotos, fotos y más fotos. En los próximos días estarán muchas de ellas en Facebook. La noche discurre a pedir de boca. Creo que no hace falta nada más. Tan solo estar allí o en cualquier otro sitio. Pero estar los que estamos.
Van pasando las horas. El cansancio comienza a agotarme y la voz me juega una mala pasada. La pierdo por culpa de la música del garito en el que Juan Galvez nos mete, controlando cada movimiento para que allí no falte de nada. Gracias, Juan, de corazon. Y llega la hora de comenzar las despedidas. Hay intercambios de teléfonos, de tarjetas de visita… y por supuesto la firme propuesta de muchos de nosotros de que no pueden pasar otros treinta años. Yo no quiero. Me niego a que esto sea así.
La luna ha vencido a la lluvia. Voy caminando solo en busca de un taxi. No tengo prisa, será que no quiero que la noche se acabe, aunque yo me marque mi propio fin. Y comienzan a fraguarse estas líneas en mis solitarios pensamientos, cuando el reloj roza ya las 3,30 de la madrugada. Pienso que todos, absolutamente todos, son una vieja guardia que está ahí, que lo ha estado siempre y que va a seguir estando. Nunca acudí a ellos, pero a partir de hoy no tengo la más mínima duda de que, en caso de necesidad, ninguno me volverá la espalda.
Dejo el egoísmo a un lado cuando continuo caminando por la ciudad, a esta hora solitaria y vacía. Me subo al carro. Yo también estoy ahí (¿o es aquí?) para lo que cualquiera necesite. Me hago esa promesa, a mí mismo. Esas son las que de verdad se cumplen: cuando uno se promete algo. Yo mismo no me puedo fallar. Por eso, a sólo unos metros del puente de Triana, me monto en un taxi al que le indico dónde está mi casa. Pero le digo al taxista, con un débil hilo de voz, que por favor pase por la calle Julio César. Así lo hace el buen hombre, que no sé que pensaría de mí.
Les he dejado dentro a muchos de ellos. Me debo a lo que quieran, a lo que pidan. Y también a lo que no pidan. Muchas horas de infancia juntos nos llevan a esto. Lo dijo Luismi y lo clavó, es así de cierto. Y a detectar, si fuera necesario, la carencia de alguien que esta noche ha reído pero, quien sabe, si llora por algo en la soledad de su casa. No me gusta que nadie llore, salvo que sea como lo hace Belén, por la alegría del encuentro. Todo tiene arreglo en la vida, si se arriman los hombros necesarios. Y el mío ya está ahí. Para quien lo necesite.
Aquí estoy. Aquí me tienen.
Para lo que ustedes quieran mandar.